jueves, 21 de diciembre de 2017

Canela

No reconoció al hombre que le miraba desde el otro lado del espejo, con la misma expresión con la que se examina a un desconocido del que se desconfía. Tenía demasiado gris el poco pelo que le quedaba, y el tiempo había trazado tantas líneas en su piel que comenzaba a parecer que intentaba tacharlo como a un garabato del que se avergonzaba.

Arrastró los pies y el alma hasta la cocina, donde sirvió dos tazas de café. En una de ellas añadió un chorrito de leche y dos terroncitos de azúcar. Llevó ambas tazas a la mesa del salón, se sentó, y esperó. Esperó hasta que las tazas dejaron de humear. Y fue entonces cuando vio la urna en la estantería. La extraña sensación que le oprimía el pecho sabía a ausencia, y ahora entendía por qué.

Se levantó con esfuerzo y caminó sin rumbo. Parecía desorientado en su propia casa, así que miró a su alrededor en busca de respuestas. Estaba rodeado de libros, y también fotografías, unas enmarcadas en la pared y otras muchas simplemente sueltas por ahí, apiladas en montones desordenados. En algunas de ellas encontró una versión más joven del mismo hombre del espejo, y a su lado había una mujer también joven y muy guapa. Atrapado dentro de los límites de aquellas imágenes, el joven parecía feliz. Mientras sujetaba una de las fotografías acarició el rostro de la mujer con la yema de los dedos, perdiéndose en su apacible pero traviesa mirada. Pensó en esos recuerdos que parecían haber sucedido en otra vida, como si de una película antigua se tratase, protagonizada por el típico idiota que todavía no sabe que lo es. Aquél que comienza a valorar lo que tiene cuando ya lo ha perdido. Observando cada instantánea despertaba algo dentro de él. Un sentimiento. Una escena. Un pedacito de esa vida. Continuó reconstruyendo la película, impaciente por descubrir su papel en la historia, si sería el villano, el héroe, o un mero segundón. Hasta que llegó a una imagen que no comprendió. Estaba el mismo hombre joven, sentado frente a una vieja máquina de escribir, que tan sólo compartía el escritorio con una taza de café y lo que parecía una sencilla base de incienso. Contempló la imagen detenidamente, confundido. Luego la guardó en el bolsillo y regresó a la mesa y a su café, ya frío.

Levantó la taza, y se aproximó a la ventana mientras le daba un sorbo con gesto de desagrado, observando la calle y sus gentes a muchos metros del suelo. Solamente en una ciudad puede uno estar tan solo, pensó, como si la cantidad de personas por metro cuadrado fuera inversamente proporcional a la capacidad de cada una de ellas para ver al resto. Pobrecillos, aquella familia de tres que veía pasear alegremente por el parque de enfrente. Todavía no saben que sus estúpidas sonrisas se borrarían algún día. Que la curiosidad de la pequeña niña, que corría torpemente y recogía flores, dejaría de ser graciosa o simplemente iría desapareciendo. Que lo disfruten mientras dure, porque el día que sólo quede el recuerdo, eso no será consuelo suficiente. El día que sostengan en sus manos la fotografía de ese instante que no regresará.

Permaneció ahí de pie con la taza ya vacía durante un largo rato, simplemente observando a unos y a otros e intentando convencerse de que él era distinto, incluso burlándose de algún que otro pardillo que cargaba alegremente con un abeto, probablemente para humillarlo luego con pomposos adornos. Entonces un ruido le arrancó de su ensimismamiento. Era un extraño repiqueteo que no reconoció y que provenía de un cuarto contiguo. Fue hacia allí, y al cruzar la puerta encontró un escritorio de roble viejo, lleno de trastos y otra cosa que no identifico hasta acercarse más. Al fijarse vio que era un pequeño paquete de incienso abierto, en cuya etiqueta leyó “Esencia de Navidad, con canela y jengibre”. Intentó sentir indiferencia cuando le invadió una sensación fugaz que vino y se fue en lo que se tarda en pestañear. Sintió que viajó y volvió en un abrir y cerrar de ojos, como el eco de un recuerdo distante, y percibió un cálido aroma como a canela tostada y a hogar acogedor mientras la mujer de las fotos se inclinaba lentamente a darle un beso que se desvanecería antes de llegar a su mejilla.

Luego vio el feo cachivache lleno de polvo, con sus teclas redondas y desgastadas. Presionó algunas al azar y con intencionada torpeza, provocando así el mismo traqueteo que acababa de escuchar desde la ventana. Sacó la fotografía de su bolsillo y comparó las máquinas. Tenía que ser la misma, pero no recordaba haberla utilizado. Así que la página que asomaba, como si la máquina le sacara la lengua, tenía que ser de otra persona. La arrancó con brusquedad, pero antes de mirarla la sostuvo con desdén durante unos instantes para disimular su curiosidad. El folio mostraba claros indicios de antigüedad pero, sorprendentemente, la tinta estaba fresca. Apenas había unas pocas palabras, y habían sido escritas hace un momento.

Si pudiera pedir un deseo,
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Tanto misterio para esa cursilada tan poco original, pensó, casi encontrando más interesante la línea de abajo con el tecleo que acababa de improvisar. Sin embargo, su amarga apatía comenzaba a cansarle incluso a él mismo, así que decidió seguirle el juego a la maldita máquina de escribir. O seguramente porque no soportaba ver la frase sin terminar. Se sentó y volvió a colocar la página con cuidado, entre el rodillo y el soporte del papel, con la naturalidad de alguien que lo hace todos los días. Giró la perilla hasta que la parte superior de la hoja se situó detrás del teclado, cogiendo la media frase como referencia. Y entonces escribió algo, lo primero que le vino a la mente para concluir una oración tan ilusa como aquella.

regresaría cuarenta años atrás para

No pudo ver el resto de lo que él mismo tecleaba. Tras una cortina de desenfoque, sus dedos parecían moverse solos. Sintió que subía y caía a la vez.

Y de pronto, silencio.

Seguía ahí, delante de la máquina de escribir y su única página, pero se sentía diferente. Al mirar las teclas, observa que las manos que reposan sobre ellas son otras. El tiempo no se ha ensañado con éstas todavía, y cuando intenta compararlas con las suyas no puede. Porque al levantarlas comprueba, incrédulo, que ésas son las suyas. Se toca el rostro y no entiende por qué las líneas, los tachones del tiempo, se han difuminado. Tampoco entiende por qué ahora de pronto huele a canela, ni por qué oye una melodía de piano a lo lejos, un arreglo minimalista pero en el que logra identificar Noche de Paz. Se debatía entre si había caído en un sueño, o despertado de él. Había viajado a alguna parte. O tal vez regresado. Entonces el sonido de unos pasos le sobresalta. No está solo.

Asoma por el marco de la puerta medio rostro, mostrando solamente una mirada coqueta y una corta melena castaña que caía en la misma dirección del marco. Los labios que no veía le dijeron:
–He preparado café, ¿quieres? –y la pregunta fue acompañada de un rápido arqueo de cejas. Entró sin esperar respuesta, y le ofreció una de las dos tazas que traía consigo. Era ella. La mujer de las fotos había venido a verle, y algo dentro de él despertaba. Recordaba. Cada imagen cobraba vida y reconstruía su película. Supo que no era el héroe ni el villano, sino alguien que aún tenía la oportunidad de escoger.

–No sé cómo te lo puedes tomar tan soso, pero supongo que como te gusta echarle tanta imaginación a todo… tal vez demasiada –le dice mientras le entrega el café. Luego añade –y bueno, ¿a dónde te ha llevado hoy? –ladeando la cabeza hacia la máquina de escribir. El hombre la mira extrañado. La pregunta planteaba una idea interesante, aunque desconcertante y seguramente imposible. “¿Qué?”
–¿De qué va lo que estás escribieeendo? –insiste ella con un tono ligeramente impaciente.
–Ah…
El hombre comenzaba a dejar de sentirse perdido, y lo que ocurrió antes de usar la máquina pertenece a un recuerdo borroso del que no está muy seguro. Se aclara la garganta y se inventa una respuesta con toda la naturalidad que es capaz de reunir:
–Es un relato sobre un hombre que envejece y no le gusta  –cuestionándose al instante si se trataba de una respuesta improvisada o no.
–Vaya… Eso no es muy navideño –protesta ella.
–¿Porque no incluye a un gordito barbudo vestido de rojo?
–¡No! Porque suena... ya sabes, aburrido.
–Bueno, pero no sabes cómo acaba –le provoca el hombre.
La mujer levanta una ceja, cruza las piernas y juguetea con el pie, como queriendo exagerar su interés. Justo antes de darle otro sorbo al café le envía su mirada pilla por encima de la taza y pregunta:
–Vale, ¿pues cómo acaba? A ver.
–Algo le impulsa a tomar una decisión –responde él, seguido de un breve momento de silencio, que ella acaba rompiendo.
–¡Cómo te gusta hacerte el misterioso para obligarme a preguntar más! ¿Qué le hace tomar esa decisión? Dime.
Tampoco es que él lo tuviera claro. Pero le pareció que la respuesta más sencilla, la que se podía aplicar él mismo, encajaba:
–Su mujer le trae una taza de café.
–Qué tonto eres –le suelta ella, mientras se inclina para darle un beso en la mejilla y, con disimulo, roba la página. Se da la vuelta para escapar, y al mirar el papel exclama –¡Eh, un momento! Si sólo hay un par de líneas.
El primer impulso del hombre fue el de intentar recuperar su página. Pero el susurro con el que ella leía le hipnotizó, casi sedujo. Le miró los labios mientras vocalizaba y no pudo evitar acercarse, como un insecto a una luz brillante. Pero ella le apartó con la mano y volvió a leer la página, esta vez en voz alta y con una exagerada aunque irresistible teatralidad:
Si pudiera pedir un deseo, regresaría cuarenta años atrás para sonreír como un estú –se le escapa la risa, luego se aclara la garganta y prosigue  –perdón, para sonreír como un estúpido todos los días–. Entonces ladea la cabeza y mira hacia arriba, pensativa. Finalmente dice –No logro decidir si es bonito o absurdo, pero sé que me gusta.
–Con eso me basta –responde él, más pendiente de la mujer que de la lectura. Entonces ella mira el reloj, deja la página en el escritorio, y canturrea mientras sale por la puerta a toda prisa:
–¡Ahora espabilemos o llegaremos tarde!

Esta vez sí reconoció al hombre del lado opuesto del espejo. Y se le ocurrió que no se trataba tanto del aspecto ni del paso del tiempo, sino de lo que podía leerse tras la mirada. Ese arrepentimiento que te cambia, al atormentar a uno por cosas que se han hecho o dicho, pero sobre todo, por las que no. Entonces sonrió sin motivo. O con todos los motivos.





- E. Daniel Martínez


1 comentario:

  1. Interesante relato de un joven escritor (mi hijo!).

    Una interesante idea y buen uso del lenguaje. A pesar de su brevedad, construye un perfil creíble de los protagonistas de la historia.

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